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Cuentos de Juan Ríos. El Cadejo (Por Carlos Aguirre).

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Enlace No. 77

La malaria me estaba matando y no me quería salir a pesar de que había tomado raíces de hombre grande y de otras plantas que yo conozco. Estaba bien pegada. Como si fuera poco, el jodido temporal como que agarraba más fuerza. Según mis cálculos estábamos a viernes y el miércoles habia hecho la luna llena.

Las quebradas estaban bien llenas y, en su espesura, la montaña hasta se veía más oscura. Me encontraba a la orilla de uno de los caños del río Palo de Arquito, a un día de camino -y esto que bien jalado- a paso escotero, de la vega del San Juan. Eso fue en los mil novecientos treinta y tantos, cuando esa selva realmente era espesa.

Por fin, el sábado amaneció sin lluvia, sólo una garubita se dejó venir a eso de las tres de la tarde. La ida de la lluvia también se llevó las calenturas y pasé todo ese sábado alistándome para salir el domingo con las primeras frescas del día. Como a las nueve de la noche salió la luna, bien brillante y, como yo soy arrecho a conocer todos esos lados, pues decidí salir a esa hora rumbo a la vega, no vaya a ser y me vuelvan estas jodidas calenturas, pensé.

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Dejé escondido entre las gambas de un nancitón el costal con la raicilla que había arrancado, me desguindé por un desechito que bajaba entre unas palmas suita y agarré el camino, alumbrado por la luna. Sus rayos se colaban entre las ramas de los grandes espaveles, caobas, cedros, almendros de montaña, zapotes mico y otros árboles, abundantes por aquellos tiempos. La montaña, por la noche, aún con sus peligros, tiene sus encantos.

A lo largo se oía rugir un tigre y, en un árbol cercano se oyó cantar un pájaro león. En el silencio se veían los trazos que dejaban en el aire la danza de las quiebraplata. Llevaría unas cuatro horas de caminar cuando sentí el repelo de la entrada de la calentura. ¡jueputa! -pensé- otra vez la jodida calentura. Al rato ya sentía que no era yo el que caminaba y no me acostaba por miedo a las jodidas culebras.

De pronto, al llegar a un crique, voy viendo al animal tomando agua. En medio de que me sentía turulato pude distinguir que era parecido a una cabra pero con cierto aire de perro. Yo no sé si era una cabra con cara de perro o un perro con cuerpo de cabra... La cosa es que el animal estaba ahí, como esperándome. La cabeza no me daba para pensar mucho y no le puse mente a las preguntas que yo mismo me hacía. ¿de dónde vendrá? ¿será de alguien que anda por aquí? ¿será salvaje o casero?

Por puro instinto agarré el machete y me fui acercando poco a poco. Cuando pasé a la par de él se ajiló para un lado y sus casquitos le sonaron en las piedras de la quebrada cris, cris, cris. Me le hice el chancho, pasé sin volverlo a ver y seguí mi camino. Ya no sabía si el frío que sentía y el sudor que me corría por todo el cuerpo eran por la jodida calentura
o por el miedo al animal.

Con disimulo voltié la cara y con el rabo del ojo pude ver que venía detrás de mi. Si me detenía... él también, si me apuraba... él también. Hermanó, yo caminaba por puro milagro. Sería la media noche, cuando el animal pasó a toda carrera junto a mis patas que hasta casi me bota.

¡ya me llevó la mierda! -pensé- me va a hartar este animal, pero no, ¡qué va!... pasó de viaje y, como a cincuenta varas voy oyendo el gran alboroto. Se escuchaban los fuertes gruñidos de dos leones, como que se estaban peleando. Hasta unos monos que dormían en las ramas de unos camíbares se despertaron y empezaron a chillar.

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Me quedé quieto. La samotana era enorme pero al poco rato se hizo el silencio. Me animé a seguir caminando y cuando pasé por el lugar de donde salía el ruidaje, voy viendo a dos leones enormes, hembra y macho ¡muertos!. El animal que me acompañaba estaba sentado en medio de ellos y me quedaba viendo como queriendo decir, ya podés pasar. Hasta entonces me percaté que los ojos le brillaban como tizones, pero ya no me dio miedo. Cuando pasé, me volvió a seguir. Sólo oía el cris, cris, cris de sus patitas cuando pasábamos sobre piedras.

Por ahí de las dos de la mañana escuché cuillidos y chapotear de patas en el lodo. Que creen que era...¡Una manada de 400 chanchos de monte! Cuando percaté ya los tenía encima.

El animal, mi compañero, corrió delante de mi y se les plantó, en media pasada. Los chanchos, al llegar donde él, se abrieron a uno y otro lado de nosotros, pasando la gran jauría sin hacerrnos nada, tarasqueándose entre ellos y mordiendo cualquier fruta o cosa que se les antojara.

Yo creo que el resto del camino lo hice dormído, porque no me acuerdo de nada más, hasta que llegué a unos pajonales que están ya cercanos a la vega del Río San Juan. Voltié para atrás y el animal ya no estaba, ni lo volví a ver.

Hasta entonces me pude percatar que era el cadejo, el animal que me había acompañado en la caminata. De suerte que era el cadejo bueno y no el cadejo negro, el malo. Yo no se si ustedes lo saben, pero hay dos clases de cadejo. Si hubiera sido el negro que me sale... no estuviera contando el cuento. Palabra que es cierto.


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Subtema: Cuento y Foto Novela

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