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Cuentos de Juan Ríos. Sansón.

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Juancito y su perro eran inseparables, a donde quiera que fuera ahí estaba su fiel perro: ya en la quebrada acarreando agua, ya acompañaba a su mamá a lavar la ropa, ya en la huerta llevando la merienda a su papá o simplemente correteando por el patio espantando gallos, gallinas, patos y chompipes.

Desde que La Coqueta lo parió aquel día de finales de enero y lo vio entre el amasijo de perros tiernitos le dijo a su papá: –Este es el mío.

Cinco días después de nacidos, para darse calor durante las mañanas y las tardes frescas de la finca, se encaramaban unos sobre otros armando pirámides en las que se destacaba por el color negro intenso de su cuerpo que hacía resaltar su pecho blanco. Casi siempre estaba en la parte baja de la pirámide soportando el peso de sus hermanos, por eso le puso Sansón. Rápido comprendió cual era su nombre y que Juancito era su amo.

Le enseñó a ir por cualquier objeto que le lanzara y, al grito de: -¡ahora Sansón!, se lanzaba en su búsqueda y no regresaba hasta dar con él y traerlo apretado entre su fuerte hocico a depositarlo a los pies de Juancito.

Aquel verano fue inolvidable, Sansón crecía y ya para abril era un hermoso y juguetón cachorro que cada vez se aventuraba más largo de la casa. Sólo una vez se perdió.

Fue al cumplir un mes de nacido, que, siguiendo un cerdito tan infante como él, se confundió por el camino que lleva a la huerta.

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Todos en la casa corrieron a buscarlos cuando escucharon los chillidos del chanchito y los desesperados ladridos de Sansón. Los encontraron detrás de un cerco de piñuelas. ¡qué cara de contentos pusieron cuando vieron a Juancito y sus hermanos! Andá sabé vos que los asustaría. Los domingos, Juancito le pedía permiso a su mamá para ir quebrada abajo, no muy lejos de la casa, a la poza conocida como el Espavel porque en su orilla crecía un hermoso árbol de ese nombre.

Entrando el invierno el espavel se cargó de pequeños frutos tan dulces como la miel. Eran una delicia para los pajaritos, por eso en sus frondosas ramas no faltaron los nidos de cenzontles, azulejos, chichiltotes, colibríes y sargentos. Juancito recogía los frutos por puñadas.

Bajo el espavel, sobre una laja que sobresalía por encima de la poza, niño y perro guardaban silencio extasiados por el canto de los pájaros que se mezclaba con el sonido del viento entre las ramas de los árboles.

Un día de tantos, mientras juntos, sentados uno a la par del otro escuchaban el trinar de los pajaritos, un largo aullido del perro provocó la risa de Juancito

–No me digás que estás cantando, le dijo mientras Sansón lo miraba serio como diciéndole

–No te burlés amigo mío, que yo también me emociono con tanta belleza.

Ya en diciembre Sansón era un hermoso perrón mientras Juancito seguía siendo el niño -ahora de siete años- que gustaba de corretear por el monte siguiendo lagartijas para verlas cuando se metían encarreradas en sus agujeros, o persiguiendo mariposas de mil colores hasta perderlas de vista.

Seguían siendo inseparables y seguían con sus viajes a La poza del Espavel.No una vez les sorprendió la lluvia y tuvieron que volver encarrerados para evitar empaparse. Precisamente en el mes que Sansón cumplía un año, fue que sucedió el percance.

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Estaban, como era su costumbre, sentados en la punta de la laja sobre la poza cuando, por alcanzar una fruta del espavel que había caído a la orilla de la roca, Juancito resbaló y cayó al agua.

Ni siquiera flotó. Se fue a plan. No sabía nadar. Sansón lanzó un aullido y se lanzó tras el niño. Escasos segundos más tarde salió a flote con el niño tomado por la cotona. Lo arrastró hasta la orilla de la quebrada y presuroso corrió a la casa.

Todos, al verlo llegar en carrera, solo, pensaron que algo estaba pasando y acompañaron al perro que los condujo hasta su amo al que encontraron ya repuesto del susto, pero temblando de frío.

Entre los pocos pobladores de la selvática comarca riosanjuaneña corrió la fama de Sansón y su heroico salvamento.

Juancito creció y Sansón se fue poniendo viejo.Murió ya siendo un perro anciano de quince años. No hubo en la familia quien no lo llorara.

¿Qué cómo sé de esta historia? Muy sencillo… yo era ese niño.


Descargar PDF: 1173470551_Cuentos de Juan Ríos.pdf

Subtema: Cuento y Foto Novela

Categoria: Sociedad

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