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Amarrados a una botella

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En la vida, en la relación con la gente, sobran ocasiones para ingerir licor. En cualquier reunión, en cualquier fiesta, en cualquier momento importante como cuando nace un hijo, o nos casamos, o en una vela ahí esta la cerveza, el guaro, o cualquier otro licor. Pero también, si las cosas van mal, si uno perdió su trabajo o lo abandono su novia, va a la cantina a hogar sus penas en alcohol. En las bebederas familiares no falta quien le de un sorbito de cerveza al niño varón que anda jugando por ahí diciéndole: “beba, jodido, aprenda a ser guevon.” Si escucha en la radio o mira en la televisión les van a machacar todo el rato que el ron tal “es el sabor de las nueva experiencia”, que beber ron cual “es de hombres y muy hombres”. Y que el otro guaro, con los años, se convierte “en tu alegre y viejo amigo”. Que con unos cordobitas uno se consigue “rubia con sabor”. Los motivos para beber o para aprender a beber, sobran. Lo cierto es que el licor y la cerveza son un buen negocio para unos y una enfermedad, que puede ser ingobernable…para los que quedan amarrados a una botella.

Nos contaba Silvio R., un alcohólico Anónimo: “Mire, en la familia Nica, la autoridad de los padres con los hijos es demasiado grandes. Al hijo muchas veces no se le deja opinar, no hay oportunidad de un dialogo, de una camaradería entre padre e hijo. Los hijos obedecen y callan. El niño que es educado así cuando llega a la adolescencia, la edad en que uno empieza a enamorarse, no tiene confianza en si mismo, no encuentra palabras para decir lo quien piensa o siente. Es que el niño así educado no ha tenido la oportunidad de desarrollar su propia personalidad. No se le permitió que fuera quien debería ser. En esa edad critica alguien te ofrece un trago y con él descubrís un mundo diferente: con el trago uno se desacompleja y descubre el yo interior que estuvo siempre oprimido. Después de una borrachera uno queda asustado de uno mismo: ese sorprende de la facilidad de palabra que uno lleva escondida dentro de sí, descubre la capacidad de enamorar que posee y la capacidad de ser el centro, de captar la atención. Y todo eso sucede con los tragos”.

Hay varias clases de bebedores. Existe el bebedor que cuando va a una fiesta o se reúne con unos amigos se echa sus traguitos pero nunca se emborracha. Hay otro bebedor que sí se emborracha pero que puede decidir cuanto dinero de su quincena va a gastar en la casa y cuanto en beber. Cuando se le termina el dinero que tiene para sus tragos la para. También existe el bebedor que por muy buenas intenciones que pueda tener diciéndose a si mismo: “Ve esto es para los chavalos y para la casa… y esto es para tapinear”. Pero a la hora de la hora se lo bebe todo. Ya no tiene control sobre el licor. Ese es un alcohólico. Otra señal de que no se controla el guaro es el arrepentimiento. Después de la borrachera, el alcohólico se siente apenado por lo que hizo: “Qué barbaridad, hice tal y tal cosa… Esto no vuelve a ocurrir…”

Quien llega a ser dominado por el alcohol ya sea rico o pobre, ya tenga o no reales para pagarse el licor, va descendiendo y descendiendo hacia un fondo oscuro en que lo único importante es seguir bebiendo; no importa qué ni por qué medios.
Todos los pretextos para seguir bebiendo los convierten en razones. Son los mentirosos número uno. Pero hay otras señales para distinguir a alguien que bebe de un alcohólico. Sólo el alcohólico padece lagunas mentales. Sabe que empezó a beber a tal hora pero después de un momento dado, no recuerda nada. Ni como llego a su casa, ni quien lo llevo ni nada de nada. Otra cosa muy particular de un alcohólico es lo obsesivo que es. Llega bolo a la hora que quiere y aunque su mujer este bien dormida si se le metió que quiere tener relaciones sexuales con ella, y el no quiere, empiezan los pleitos y los celos: al alcohólico se le va metiendo en la cabeza que sin duda su mujer se la está pegando. ¡Y quién lo saca de esa obsesión! La vida para su familia se convierte en un infierno.

Si no puede controlar el guaro…
Tiene que buscar ayuda. Quizás la única alternativa sean los Alcohólicos Anónimos. Orlando R., un alcohólico que dejó de beber hace años, nos decía: “A todos no dio vergüenza meternos al grupo. La gente nos mira mal. Piensan que aquí sólo llegan los degenerados nada más, los débiles de carácter, los que no pueden resolver solos su problema; un montón de viejos locos. Pero aquí también llegamos personas que aunque podemos pagarnos los tragos, no podemos controlarlos.
Quienes nos miran mal no saben que aquí, entre todos, empezamos a rascarnos, a levantarnos, a recuperarnos. Aquí aprendemos que se puede hacer todo reír, cantar, bailar… todo sin beber un trago.
El machismo y la vanidad le hacen decir al borracho: yo hago lo que quiero… pero aquí aprendemos que es más hombre el que hace lo que debe hacer que el hace lo que quiere. No se trata sólo de dejar de beber. Se trata de cambiar de vida, de valores, de hábitos… Los que aquí estamos hemos vuelto ha nacer”.

Si usted tiene problemas con el guaro o quiere saber más sobre el programa de Alcohólicos Anónimos, haga su enlace llamando al 602022 de Managua.


Descargar PDF: 1156862489_Amarrados a una botella.pdf

Subtema: Plaga y enfermedades

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