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Cuentos de Juan Rios. La punta del Diablo.

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Revista No. 66

Por más que el padre Jaime se desgañitaba en el púlpito, la gente no le hacía caso. “Van a ver que de repente el diablo va a salir en este pueblo, los hombres... ni los domingos quieren venir a misa. Desde que instalaron esa cantina esto ya no se aguanta.”

El invierno anterior no fue tan copioso y las tierras bajas, frente al puerto, al otro lado del río, normalmente cubiertas de agua, salieron a la superficie formando un banco arenoso poblado de caliguates y otras plantas lacustres.

Tavo Livio tuvo la ocurrencia de hacer un limpio y construir una ramada en la “Punta del Banco” , a como se le comenzó a llamar al lugar.

En ella armó un estante, puso un mostrador, acomodó unas cuantas mesas, embanderilló con papel de la china de todos los colores, se compró una garrafa de guaro, media docenas de vasos... ¡y ya!...estaba lista la cantina.

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Todas las tardes llegaba la clientela a disfrutar de la frescura del río y a meterse sus bolillazos. Hombré, la verdad es que el lugar estaba bonito. Desde las cinco de la tarde se divisaba el sol cuando empezaba a desguindarse rápido sobre las islas de Solentiname, entre celestes, amarillos, blancos y rosados. Las nuves dibujaban formas caprichosas y las cordillera del Guanacaste le servía de telón de fondo al paisaje.

Por las noches, la lámpara de carburo que colgaba del centro de la ramada se divisaba desde los muelles del puerto, como invitando a tomar un bote y cruzarse la bocana hasta llegar donde Tavo Livio.

Sobre todo cuando sabíamos que Julio Bar con su guitarra estaba cantando sus viejos blues entre la alegría de los parroquianos.

El domingo en la misa de la mañana, volvía el padre Jaime con su sermón -" ya me dí cuenta que ahora hasta llevan música a la cantina esa, no respetran ni que estamos en cueresma. Estos días hay que guardarlos son santos. Esto nunca se había visto en este pueblo. Ya les dije, no se asusten cuando pase algún percance que sirva de ejemplo para todos esos vagos
que visitan ese centro de perdición ."

La gente por ese tiempo muy temerosa de caer en desgracia ante los ojos del cura, se hacía eco de sus sermones y las beatas miraban, a los pocos clientes que siguieron visitando la Punta del Banco, como si fueran condenados en vida.

Ultimamente, la tal cantina vino quedando como un club de unos pocos renuentes a hacerle caso al cura.

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Un nuevo domingo y nuevos sermones del padre Jaime -“ me dí cuenta que el alcalde y hasta el comandante llegan a esa tal cantina, los que deben dar el ejemplo son los peores, esta gente no entiende ¡qué barbaridad¡, ya les dije, ahí les va a salir el diablo.”

El Domingo de Ramos estuvo bien alegre el pueblo. La proseción de “la burrita” fue bien concurrida y tocaron los músicos del maestro Castilla. Por todos lados se veían palmas decorozo y el cura iba adelante del gentío encabezando la procesión
del Jesús del Triunfo.

Por supuesto que el padre ocupó nuevamente el púlpito para seguir su guerra contra los visitantes de la “Punta del Diablo” .

Esa tarde hasta yo me animé a agarrar el bote y me fuí donde Tavo Livio. Cuando llegué ya estaban: Nando, Chentillo, el “Perico”, mi tocayo Juan Salgado, Julián Colomer, Tano Canales, Mincho Rosales, Chepito Arcia y dos más de quienes no recuerdo los nombres y,
por supuesto el Tavo Livio y Julio Bar con su infaltable guitarra.

Que raro que no ha venido el alcalde - dijo Tano Canales, - no debe tardar, - le contestó el Tavo Livio. Ya con las primeras oscuras de la noche oímos que se acercaba un bote y,
al arrimar, desembarcó el alcalde.

La hermosa luna de Semana Santa se levantaba sobre el río y por el lago se divisaban los últimos destellos del sol.

El alcalde llegó obsequioso, invitando a todos a una y otra tanda. Pasaron las horas
y la jodedera se ponía cada vez más caliente

Serían las once, y el negro Julio cantaba con su creole especial un calipso de su lejano San Juan del Norte: ...evribadi compilo, pilo, evri saturdinai, ¡oh, valanai, valanai, valasaturdinai! ¡oh, valanai, valanai, valasaturdinai.

Una nube entrometida tapó la luna y del lado del Río Frío se levantó
un vientecito helado. Los pocoyos dejaron de clamar y vimos como un deslumbre del lado de los caliguates.

¡Qué es esa babosada! - dijo Chepito Arcia.

Todos volteamos a ver. En eso, de enmedio del zacatal, como a ciento cincuenta metros
de donde estabamos, salió una enorme llamarada y una risa escandalosa que nos puso los pelos de punta.

El tufo a azufre era inaguantable.
El espanto avanzaba hacia nosotros. Tano Colomer rezaba en voz alta una oración y todos pegábamos gritos como locos. El guaro se nos había ido a la mierda. Nando y chepito se tiraron al nado sin siquiera acordarse de los tiburones.

Los otros corrieron al bote que le quedaba más cercano y se lanzaron a medio rio. Sólo yo me quedé tranquilo en mi mesa... a mi no me asusta el diablo. El espanto me pasó cerquita,
tenía una gran cola y la cara era de amarillo brillante. El traje era completamente negro.

Como vió que conmigo no podía, se marchó por donde vino. Ahí no más el escándolo... todo San Carlos tuvo que ver con el asunto. Por supuesto que el padre Jaime
aprovechó el oficio religioso para hablar del asunto.

“Yo se los dije, ahí tienen un ejemplo, el diablo les salió por no guardar los Santos Días ...”


Descargar PDF: 1160098345_Cuentos de Juan Rios.pdf

Subtema: Cuento y Foto Novela

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